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La transformación particular es un proceso continuo que comienza cuando aceptamos a Jesucristo como nuestro Señor y Salvador, y continúa hasta que llegamos a la plena madurez espiritual.

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Pero eso no lo puede hacer nadie más. Nos toca a ti y a mí. Es parte de la libre voluntad que Dios nos dio decidir en qué vamos a read more pensar.

El ser humano no puede salvarse ni cambiarse a sí mismo. Podemos engañarnos por un tiempo, podemos pretender, fingir, adoptar nuevas filosofías, pero el ADN corrupto en algún momento asomará la cabeza. Para que ocurra un cambio en la mente y en el corazón, se necesita intervención divina.

El apóstol habla del crecimiento en conocimiento y gracia. Esta gracia incluye el aspecto experimental de haber sentido el perdón de nuestros pecados, y el profundo amor de Dios. Si no conocemos de una manera profunda la gracia de Dios, no podremos compartirla con otras personas ni crecer.

Similarmente, la prosperidad se entiende como el “curso favorable de las cosas”, o sea, la buena suerte en los asuntos que se emprenden.

El Señor desea que le tomemos a Él como nuestra comida espiritual todos los días. Ésta es la manera en que podemos crecer y ser transformados.

En cambio, la riqueza y la prosperidad son términos asociados a un aspecto positivo de la abundancia. El primero se outline en el diccionario de la lengua española como “abundancia de bienes y cosas preciosas” o “abundancia de cualidades o atributos excelentes”, es decir, que se utiliza cuando lo abundante es un recurso deseado.

Así, dejando atrás al viejo hombre, podemos avanzar en nuestra relación con Dios y nuestro prójimo, y alcanzar la plenitud del propósito para el cual hemos sido creados.

Os ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer.

Si como suele ocurrir en campaña nos faltaban víveres, Sócrates soportaba el hambre y la sed mucho mejor que todos nosotros, y si teníamos abundancia, sabía disfrutar de ella mejor que los demás.

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Si decido dejar que Dios renueve mi mente, podré revestirme con la nueva naturaleza, que es el tercer verbo en el pasaje de Efesios que mencionamos antes, y estaré lista para que en mi vida ocurra la transformación.

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